La conspiración del tifus

Cuando se recuerda el inicio de la Segunda Guerra Mundial, suele mencionarse el 1° de septiembre de 1939, fecha en la que la Alemania nazi invadió Polonia. Mucho menos conocido es que, apenas dieciséis días después, el 17 de septiembre, la Unión Soviética atacó el país desde el este en cumplimiento de las cláusulas secretas del Pacto Ribbentrop-Mólotov. La Segunda República Polaca desapareció entonces del mapa, dividida entre dos regímenes totalitarios.

La ocupación soviética estuvo acompañada por deportaciones masivas. Entre 1940 y 1941, cientos de miles de ciudadanos polacos fueron arrancados de sus hogares y enviados a Siberia, Kazajistán y otras regiones remotas de la Unión Soviética. Hambre, enfermedades, trabajos forzados y temperaturas extremas marcaron la vida de quienes llamaron a aquellos lugares la “Tierra Inhumana”.

La situación cambió drásticamente en junio de 1941, cuando Alemania atacó a su antiguo aliado soviético. Necesitado del apoyo de los Aliados occidentales, Josef Stalin autorizó la liberación de los ciudadanos polacos deportados y permitió la formación de un ejército polaco en territorio soviético bajo el mando del general Władysław Anders.

Miles de hombres, mujeres y niños emprendieron entonces una desesperada marcha hacia el sur con la esperanza de abandonar la Unión Soviética. El objetivo era llegar a Persia —actual Irán— atravesando el mar Caspio desde el puerto de Krasnovodsk. Sin embargo, existía un obstáculo aparentemente insalvable: las autoridades soviéticas prohibían embarcar a los enfermos de tifus. Para quienes quedaban atrás, la muerte era casi segura.

Fue entonces cuando un grupo de médicos y enfermeras polacos protagonizó una extraordinaria operación humanitaria destinada a salvar la vida de decenas —y posiblemente cientos— de compatriotas. Entre ellos se encontraba la tía de nuestro entrevistado.

Juan José Okęcki, presidente de la Asociación Cultural Argentino-Polaca entre 2019 y 2025 y una de las figuras más reconocidas de la colectividad polaca en la Argentina, comparte con nuestros lectores la historia de su tía, protagonista de una de las páginas más conmovedoras y menos conocidas del éxodo polaco desde la Unión Soviética.

Entrevista

ACH: ¿Dónde realizó su tía su formación como enfermera?

JJO: Mi tía, Krystyna Ujejska, nacida en 1905 en la localidad de Wazylkowce, descendía de una familia noble de la antigua Polonia austríaca. Era nieta o sobrina nieta del poeta polaco Kornel Ujejski. Estudió como pupila con las monjas del Sagrado Corazón y soñaba con estudiar Medicina, pero sus padres no se lo permitieron, algo bastante común en aquella época. Sin embargo, autorizaron que cursara enfermería en la Cruz Roja, en Varsovia. Esa decisión terminaría salvándole la vida. Nunca se casó y llevó una existencia tranquila hasta que el estallido de la guerra transformó todo.

ACH: Antes de la guerra, ¿ya tenía algún vínculo con el Ejército Polaco o se incorporó después del conflicto?

JJO: No. Al comenzar la guerra, gran parte de la familia se trasladó a Lwów. Krystyna permaneció junto a su padre. Los soviéticos lo asesinaron y ella fue ocultada por campesinos vecinos, aunque finalmente fue capturada y deportada a Siberia en enero de 1940, junto a otros considerados “enemigos del Estado”. Permaneció allí hasta 1942. Sus relatos sobre la vida en Siberia acompañaron toda nuestra niñez: el frío extremo, las privaciones, la solidaridad entre los deportados y los aullidos de los lobos.

ACH: ¿Cómo fue detenida y deportada?

JJO: Nunca me contó los detalles exactos. Creo que fueron deportados prácticamente todos los polacos de la región, especialmente los propietarios rurales.

ACH: ¿Qué recuerdos dejó sobre las condiciones de vida en los campos soviéticos?

JJO: Fueron terribles. Mucha gente moría de hambre o por falta de atención médica. Mi tía contaba que, en un momento de desesperación, cambió su última toalla por un recipiente de leche cuajada para no morir de inanición. Incluso en esas circunstancias comenzó a poner en práctica sus conocimientos de enfermería.

ACH: Tras la llamada “amnistía” de 1941, ¿cómo fue su recorrido desde Siberia hacia el sur de la Unión Soviética?

JJO: Los polacos dispersos por Siberia se reunieron en un campo cercano al río Samara, conocido como Totskoye. Allí llegó el general Anders y comenzaron los preparativos para abandonar la Unión Soviética rumbo a Persia, pasando por Krasnovodsk.

ACH: ¿Cuándo y en qué circunstancias se incorporó al Ejército de Anders?

JJO: Fue en ese mismo campo. Allí Anders comenzó a organizar su ejército, integrado no solo por combatientes, sino también por personal sanitario. Pronto comprendió que resultaba más conveniente unirse a los británicos que combatir junto a los soviéticos, por lo que empezó a planificar el traslado hacia Persia, donde se encontraban las tropas inglesas. Además, existía una profunda desconfianza mutua entre polacos y soviéticos. Sólo una minoría, liderada por el futuro general Zygmunt Berling, decidió permanecer.

ACH: ¿Qué situación sanitaria encontraron entre los deportados?

JJO: Entre marzo y agosto de 1942, miles de polacos liberados por Stalin convergieron en Krasnovodsk para cruzar el mar Caspio hacia Pahlevi, en Persia. Allí se instaló un hospital de campaña donde se atendían enfermedades derivadas del cautiverio: tuberculosis, disentería, pelagra y tifus. Esta última enfermedad era extremadamente contagiosa y generaba temor entre los soviéticos. La tripulación de los barcos (que eran soviéticos) no quería transportar a los infectados. Por eso elaboraron listas excluyendo a quienes padecían tifus, lo que equivalía prácticamente a condenarlos a muerte.

ACH: ¿Qué tan extendida estaba la epidemia?

JJO: No lo sé con precisión, pero debía ser importante para que las autoridades adoptaran una medida tan extrema.

ACH: También había enfermos de tuberculosis. ¿Por qué el tifus generaba tanto temor?

JJO: Con los tuberculosos ocurría algo similar. Tampoco querían embarcarlos. Sin embargo, por alguna razón, el plan ideado por polacos y británicos pasó a conocerse como “la conspiración del tifus”.

ACH: ¿Qué posibilidades tenían de sobrevivir quienes no lograban embarcar?

JJO: Tanto los enfermos de tifus como los de tuberculosis recibían tratamiento, pero se trataba de un hospital de campaña compuesto principalmente por carpas. Si quedaban en la Unión Soviética sin atención médica, sus posibilidades de supervivencia eran mínimas.

ACH: Se ha mencionado que médicos y enfermeras lograron evacuar a más de un centenar de enfermos. ¿Cómo nació esa iniciativa?

JJO: Un grupo de médicos y enfermeras polacos, con la colaboración de algunos británicos, ideó un plan. Consistía en intercambiar las identidades de quienes fallecían por otras causas con las de los enfermos de tifus y tuberculosis. De esa manera lograron que cientos de personas fueran evacuadas. Mi tía solía decir: “Si han de morir, que sea como hombres libres y no en la Tierra Inhumana”.

ACH: ¿Es cierto entonces que se intercambiaban identidades entre fallecidos y enfermos?

JJO: Exactamente. Así fue como lograron salvar a centenares de personas.

ACH: ¿Qué papel desempeñó concretamente su tía?

JJO: Era la “sister”, es decir, la enfermera jefa del hospital. También participó otra enfermera, Wanda Sołtysik, quien años después vivió en Buenos Aires. Recuerdo haber escuchado de niño sus relatos sobre este episodio. Más tarde se trasladó a Canadá, donde falleció.

ACH: Como jefa de enfermeras, ¿cómo logró abandonar finalmente territorio soviético?

JJO: Cuando terminó la evacuación permanecieron desmontando el hospital. Mi tía fue una de las últimas en partir. Estaba aterrorizada ante la posibilidad de quedar atrás, ya que algunos soldados polacos decidieron permanecer junto a las fuerzas soviéticas. Sin embargo, permitieron que los últimos médicos y enfermeras también cruzaran a Persia.

ACH: ¿Qué ocurrió con los enfermos una vez llegados a Persia?

JJO: Entre 1942 y 1944 funcionaron hospitales de campaña polacos en Persia, Irak y Palestina. No sé exactamente qué ocurrió con los enfermos de tifus, pero al menos dejaron de estar abandonados en la Unión Soviética.

ACH: ¿Cómo evitaron que la enfermedad se propagara durante el viaje?

JJO: No tengo información sobre ese aspecto.

ACH: Después de Persia, ¿en qué otros destinos continuaron trabajando como enfermera?

JJO: En Irak, Palestina, Egipto y finalmente en el sur de Italia, en el hospital de Cassamassima, donde atendían a los heridos de la batalla de Montecassino.

ACH: Mirando en retrospectiva, ¿qué significado tuvo esta operación de rescate?

JJO: Fue un acto heroico destinado a salvar la vida de hombres, mujeres y niños. No se trataba únicamente de soldados, sino también de civiles que habían sobrevivido a Siberia. Si el plan hubiese sido descubierto, quienes participaron probablemente habrían sido ejecutados por los soviéticos.

ACH: Muchas gracias por compartir con nuestros lectores esta historia extraordinaria de coraje, solidaridad y servicio al prójimo.

JJO: Gracias a ustedes. Me gustaría agregar algo sobre mi tía.

Tras la batalla de Montecassino, y con el grado de mayor, recibió la Cruz de Montecassino por su labor en el hospital de Cassamassima. Terminada la guerra emigró a la Argentina, donde se reencontró con mi padre, de quien era prima, y se integró plenamente a nuestra familia.

Trabajó durante el resto de su vida como enfermera nocturna en el sanatorio de la Pequeña Compañía de María, hoy Mater Dei. Durante el día nos cuidaba con un cariño inmenso. No había mujer polaca recién llegada a Buenos Aires que atravesara dificultades y no encontrara alojamiento gratuito en su pequeño departamento de la calle Salguero.

Falleció en 1979 a causa de un cáncer de pulmón. Fue una heroína que nunca recibió homenaje alguno. Dedicó toda su vida a los demás y nos dejó una enseñanza sencilla y profunda: la única manera de ser verdaderamente feliz es vivir pensando en el prójimo.

Hasta el día de su muerte seguía recibiendo postales de salutación para las fiestas enviadas por muchas de las personas a las que había ayudado a salvar.

Abreviaturas

  • ACH: Andrés Chowanczak
  • JJO: Juan José Okęcki

Fotografías

  1. Krystyna Ujejska, la quinta desde la izquierda, en la Unión Soviética junto al General Sikorski.
  2. Krystyna Ujejska en Palestina junto al General Anders.
  3. Krystyna Ujejska en hospital de Cassamassima en Italia.
  4. Krystyna Ujejska a su llegada a Argentina en Buenos Aires.

 

Andrés ChowanczakVicepresidente de la Unión de los Polacos en la República Argentina

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