Zygmunt Kicinski
Mi abuelo Zygmunt, nació en Lodz el 15 de enero de 1922, fue sargento en la quinta división de infantería del 2° cuerpo del ejército polaco del Gral. Anders; era tanquista. La guerra lo llevó por Irak, Persia y Palestina. Contempló las Pirámides de Egipto, la campiña francesa y finalmente arribó a Italia. Combatió heroicamente en la batalla más célebre y sangrienta que protagonizó el ejército polaco: Monte Cassino. Viendo caer a muchos compañeros al grito de “Viva Polonia” no claudicó en la lucha que desde el sur de Italia lo llevó a Forli, en el norte del país.
En cada pueblo y ciudad eran recibidos de idéntica manera. La gente del lugar en eterno agradecimiento les arrojaban flores a su paso al grito de “Liberatori”. Una bella y osada mujer fue más allá , saltó sobre el tanque de los libertadores que cruzaba en ese momento frente a ella, besando a uno de los soldados y regalándole una flor… Comenzando una singular y bella historia de amor que no supo de barreras ni de idiomas que lo pudieran impedir. La aparición de Emma Cadamuro fue una caricia al dolorido corazón de Zygmunt.
Meses después, tras 6 largos años la guerra llegó a su fin. Fue una enorme alegría para todo el pueblo pero al mismo tiempo, para los soldados polacos, un nuevo dolor que afrontar: su patria quedaba bajo el régimen comunista, el solo hecho de retornar a Polonia implicaba quedar automáticamente detenido. Ningún soldado quiso regresar a la patria aun sabiendo que sus familiares esperaban su retorno.
Con la guerra como un angustiado recuerdo, Zygmunt y Emma se casaron en el campamento militar polaco. Emma quedaría embarazada naciendo fruto de aquel amor un hijo al que llamaron Estanislao, en honor al abuelo paterno.
Europa, devastada por la guerra, era muy poco lo que podía ofrecer para subsistir a los millones de personas que la habitaban. La inmigración, en busca de un nuevo porvenir era moneda corriente. Para Emma y Zygmunt fue una decisión difícil de tomar; mi abuela dejaba su terruño y mi abuelo se alejaba cada día más de Polonia. Con su niño en brazos y algunas mínimas pertenencias embarcan en Génova en el vapor de bandera inglesa Empire Halberd rumbo a América. Tras 20 días de navegación desembarcaron en el puerto de Buenos Aires el 20 de noviembre de 1947. Iban acompañados de un baúl de madera, algunas pequeñas cosas, el alma y el corazón marcados por el dolor, la angustia, el sufrimiento y la esperanza de encontrar en esta bendita tierra la paz y el amor que les arrebató la guerra.
Aparte de ser soldado y un gran patriota polaco, mi abuelo también era peluquero. Al volver a casa luego de su jornada laboral siempre tenía algún cliente para cortar el cabello, muchos eran polacos amigos de él. Me gustaba escuchar como hablaban en su idioma natal , yo de niño realizaba dibujos, entre ellos la bandera y el escudo polaco, el águila me fascina, dichos dibujos adornaron la peluquería por mucho tiempo y él muy orgulloso decía “los realizó mi querido Andresito”. El día que aprendí a cantar el himno polaco, ¡qué feliz y orgulloso que estaba!, tenía 10 años y cada vez que venía algún paisano me hacía cantarlo, era inevitable ver lágrimas en alguno de ellos, lógicamente en mi abuelo también. Siempre dije que él para mí fue un padre más que un abuelo, así lo sentí siempre.
Muchas veces le preguntaba y él me contaba sobre su infancia, su juventud, sus amores. Así mismo sobre el dolor por dejar su ciudad y su familia. Sobre la guerra mucho no le gustaba hablar… era una cicatriz tan dolorosa que yo prefería no indagar demasiado, salvo que mi abuelo-padre tuviera ganas de contar… y ahí sí, mate en mano ¡lo escuchaba con tanta fascinación!
Cierto día llega a cortarse el cabello un joven, Maris Prejc es su nombre, me habla del Scoutismo polaco y decido ir a ver de qué se trata, quedé encantado y desde entonces han pasado 40 años que orgullosamente soy scout. Gracias al Harcerstwo (Scoutismo Polaco) tuve la oportunidad de conocer a mi amada y hasta ese momento desconocida Polonia, fue en el año 1991 que por vez primera conociera a mi patria, hubo un Jamboree (campamento internacional) en Czestochowa del que participamos 16 integrantes de Argentina, también fuimos al encuentro mundial de los jóvenes con nuestro Santo Padre Juan Pablo II, cuánta alegría y emoción que sentí en ese momento. Al bajar del avión me puse de rodillas y besé el suelo polaco, todos mis compañeros de viaje lloraron y yo obviamente también, esta patria que aprendí a amar y conocer sin haberla visto nunca. En el scoutismo aprendí de su historia y geografía, todo lo que mi abuelo me contaba desde niño…¡qué hermosa es Polonia! decía, lo estaba viendo y sintiendo en mi corazón, realmente fue hermoso conocer a mi familia, ver a mi bisabuela, recorrer su barrio y estar en la casa que lo vio nacer, ver al Santo Padre en Jasna Góra( ciudad donde está la Basílica) y llorar a los pies de la Virgen de Czestochowa dándole gracias por estar allí.
Mi vida transcurrió feliz junto a mis padres-abuelos. El destino me hizo conocer a Vanina Morello, mi esposa, yendo de campamento a San Martín de los Andes. Luego de unos años de novios fue hora de dejar el hogar de Berazategui para comenzar una nueva vida juntos. Zygmunt y Emma estaban tan felices, la querían como a una hija más y así siempre me lo demostraron y acompañaron mi vida junto a ella.
Siempre sucede, que en las historias hay partes tristes que contar. Luego de 50 años de matrimonio, de alegrías y tristezas compartidas, de luchar codo a codo para criar a sus 5 hijos y luego a mí, la vida de la abuela Emma se apagó en el año 1996. Fue un momento muy duro para Zygmunt, al igual que para mí. Pero la vida continúa y junto al amor de sus hijos y nietos logró seguir adelante. Cada fin de semana lo visitaba la familia entera y gracias a su oficio de peluquero, pese a ser jubilado, se mantenía activo, charlando con amigos, esforzándose por no perder el rumbo, con voluntad y perseverancia, como cada cosa que realizó en su vida.
En enero de 2002, Vanina y yo decidimos casarnos. ¡Zygmunt estaba muy feliz! Tanto que a pesar de su acento polaco, que nunca perdió, y a sabiendas que no todos lo entenderían, decidió leer la Palabra de Dios en la ceremonia religiosa. En la fiesta bailó el vals con el mismo placer ¡le encantaba bailar! Nos regaló dos hermosas cadenas con un crucifijo de oro que conservamos con mucho orgullo. Ese mismo año, pero en el mes de junio, Dios nos bendijo con la llegada de Carolina. ¡Los ojos de Zygmunt brillaban de felicidad! ¡Su primera bisnieta! La vida volvía a sonreírle...
Zygmunt esperaba cada domingo con ansias que lleguemos con Carolina para jugar con ella en el patio de la casa, mostrarle las flores del jardín, sus coloridos canarios, y bañarla bajo el parral en las tardes calurosas del verano. Realmente me colmaba el alma ver tanto amor.
En varias oportunidades tuve el honor de acompañarlo a la Embajada de Polonia donde, con mucho orgullo y emoción, recibió condecoraciones por su valor, su patriotismo y por haber estado prisionero en Siberia. Cada medalla tiene su correspondiente legitimación y está firmada por el Presidente de Polonia.
Los últimos años de Zygmunt fueron transcurriendo felices. Su salud comenzó a deteriorarse. Primero tuvo problemas con la vista y perdió la visión del ojo izquierdo; más adelante el temido cáncer hizo de las suyas con su riñón y el resto del cuerpo. Toda la familia se turnaba para cuidarlo; lo mismo hizo mi esposa cuidándolo como si fuera su padre. Siempre que pude traté de darle un poco de todo lo que él me dio en la vida. Cuando la enfermera del sanatorio, con lágrimas en los ojos, me comunica que se aproxima el momento del adiós, con un nudo en la garganta y en idioma polaco le dije: “dame tu mano” Él así lo hizo, al escucharme abrió sus hermosos ojos color cielo y tomado de mi mano, diciéndole que ya podía descansar en paz, partió de este mundo… el día 12 de noviembre de 2008.
En los años finales de vida le prometí a mi abuelo que sería polaco, también que algún día volvería a llevarle flores a la tumba de su madre, al poco tiempo de fallecer en su honor me adicioné su apellido y hoy con mucho orgullo soy Andrés Ambrosetti Kicinski, también comencé a juntar la documentación para realizar la ciudadanía polaca, por un milagro, yo lo creo así, en su mesa de noche encontré el acta de matrimonio, documento fundamental para realizar el trámite de la ciudadanía, luego con la ayuda de varios amigos de Polonia y de aquí pude conseguir toda la documentación requerida y felizmente puedo decir que soy polaco.
Este es un breve resumen de la vida de Zygmunt Kicinski, un soldado, un patriota, quien me inculcó el amor por Polonia y a quien le debo ser lo que soy.
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