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100 años – 100 historias - Fidyka

100 años – 100 historias - Fidyka

Francisco Fidyka: Una historia en dos continentes unidos por la fotografía

Un puente de imágenes que conectó Zgorzelec (Rychtal) con la comunidad de Bragado.

Por Leopoldo Fidyka

 

Es el 10 de julio de 1948. Un joven de apenas 21 años desciende en el puerto de Buenos Aires desde el buque británico Empire Trooper. No sabe una sola palabra en español. El ruido de la gran ciudad le resulta ajeno, y el futuro, una página en blanco tan inmensa como las aguas del océano Atlántico que acaba de cruzar. En sus manos no lleva grandes riquezas, pero aferra con fuerza un tesoro: su equipo fotográfico. Su nombre es Franciszek Antoni Fidyka. No necesita palabras; su forma de hablarle al mundo será, para siempre, a través de la mirada de una cámara.

Escribo estas líneas, como su hijo, impulsado por una necesidad profunda de compartir con la colectividad polaca en la Argentina el semblante de mi padre, Francisco. No es solo un homenaje filial; es el testimonio de una generación que, habiendo perdido su patria física por la crueldad de la guerra, supo reconstruirla en el alma y en el exilio. Compartir su historia hoy es una forma de mantener encendido ese lazo invisible, pero indestructible, que nos une a nuestras raíces.

I. La luz entre las sombras de la guerra

Franciszek nació el 14 de enero de 1927 en Zgorzelec, una pequeña aldea rural en la Gran Polonia (województwo wielkopolskie), cerca de Rychtal. Allí, siendo el menor de seis hermanos en el hogar de Ian y Monika, descubrió la magia de capturar el tiempo. Sus primeros juegos con sus hermanos no fueron con juguetes comunes, sino tempranas incursiones en la fotografía, congelando la belleza de los campos polacos.

Pero la infancia tuvo sus sucesos: a los 12 años, el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la invasión a su país marcaron su destino a fuego. En un clima de hostilidad y dolor, donde la muerte se llevó a seres queridos, Franciszek demostró la resiliencia de su sangre. Junto a su hermano Jerzy, cruzó las líneas invasoras hacia el oeste en busca de libertad. Su valor lo llevó a alistarse en el Segundo Cuerpo Polaco (II Korpus Polski) del Ejército Aliado, bajo el mando del general Władysław Anders, integrando el Tercer Regimiento de Artillería Antiaérea (3 Dywizja Strzelców Karpackich). Prestó servicio en los frentes de Italia y Francia, hasta el final del conflicto en Inglaterra.

Incluso allí, en el ejército patriota, Franciszek se negó a perder la belleza, montó un estudio fotográfico de campaña. Con su cámara retrataba a sus compañeros soldados; aquellas postales sociales y fotos grupales eran mucho más que papel fotográfico: eran el único cordón umbilical que unía a esos hombres valientes con las familias que habían dejado atrás en una Polonia ocupada.

II. Una nueva raíz en la pampa argentina

Tras la posguerra y un período en los campos militares británicos, como el High Ash Camp en Norfolk, el horizonte europeo se cerró bajo el peso de la cortina de hierro. En junio de 1948, Franciszek decidió buscar nuevos rumbos. En aquel viaje en el Empire Trooper hacia la desconocida Argentina, no viajaba solo; compartía cubierta con compatriotas que compartían su destino y se convertirían, con los años, en referentes y héroes de nuestra sociedad.

Tras sus primeros pasos como fotógrafo en la capital porteña, el destino lo guió hacia el corazón de la provincia de Buenos Aires. Primero Pehuajó, y finalmente, el 30 de agosto de 1954, la ciudad de Bragado se convirtió en su hogar definitivo. Allí nació "Foto Fidher", un local que empezó como sociedad y que luego continuó de forma individual, transformándose en un referente local. En esa nueva tierra formó su familia junto a su esposa, Esther Pereyra, y nacieron sus dos hijos: Mónica Inés y Leopoldo Javier.

Durante cuarenta años, a media cuadra de la plaza principal y de la Iglesia Santa Rosa de Lima, "Foto Fidher" fue el ojo que custodió la memoria de Bragado. Frank o “Don Fidher”, como ya lo llamaban todos, retrató bautismos, casamientos, comuniones y las grandes fiestas populares como la Fiesta del Caballo. Sus postales en blanco y negro de la ciudad en los años 60 y 70 inmortalizaron el crecimiento de la comunidad. Paralelamente, su pasión lo llevó a ser miembro activo de la Asociación de Fotógrafos Profesionales (AFPRA), promoviendo la unión de sus colegas, con quienes celebraba sin falta su día, cada 21 de septiembre.

Un hito profesional y espiritual ocurrió el 10 de abril de 1987. Cuando el Papa Juan Pablo II visitó la Argentina, Francisco estuvo allí, en el Estadio Luna Park, acreditado como prensa. Aquel día, su lente capturó el histórico encuentro del Sumo Pontífice con la comunidad polaca. En el visor de su cámara se cruzaron, en un solo instante, sus dos grandes amores: la fe de su infancia y la colectividad que lo abrazaba.

III. Dos patrias retumbaban en su corazón

"En la misma esquina de este viejo mapa hay un país que añoro. Es la patria de las manzanas, las colinas, los ríos perezosos, del vino agrio y el amor".

Zbigniew Herbert

 

Polonia nunca se mudó de su pecho. Aunque hablaba un perfecto español, jamás renunció a ese entrañable tono polaco que delataba su origen. Francisco caminaba la vida inventando artefactos, construyendo pequeños muebles de madera, amando a los perros, la naturaleza y los misterios del universo. En la casa de Bragado, los aromas se mezclaban con la nostalgia: el sabor de los pierogis, la repostería de su tierra y el infaltable arrollado de amapolas (Makowiec) que él mismo sabía cocinar.

En la intimidad de su hogar, leía con devoción cada edición de Głos Polski, y una imagen de la Virgen Negra de Częstochowa (Matka Boska Częstochowska) custodiaba sus días como un faro espiritual conectado directamente con su aldea natal. Hablaba poco de los horrores de la guerra; prefería transmitirnos a sus hijos la frescura de los bosques polacos, el recuerdo de sus hermanos y el amor por sus raíces. Curiosamente, la distancia no rompió los hilos familiares: uno de sus hermanos, en la lejana ciudad de Gdańsk, también fue fotógrafo y fundó el estudio "Foto Słońce" (Foto Sol). Dos hermanos, dos estudios fotográficos, unidos por un mismo arte, a miles de kilómetros de distancia y después surgieron más fotógrafos en la familia.

En agosto de 1997, Francisco pudo cumplir un sueño postergado: regresar a Polonia por última vez. Juntos recorrimos Zgorzelec, Rychtal, Katowice, Cracovia y Gdańsk. Fue en ese viaje donde pudimos conocer en persona el escenario de una leyenda de la que nuestro padre tanto nos hablaba. Entre los campos de Krzyżowniki, cerca de su natal Zgorzelec, nos detuvimos ante la ermita de San Pedro Jadwiga Śląska. Debajo de ella corre un manantial y, junto a sus aguas, descubrimos la piedra mística en la que la tradición asegura que quedó grabado el pie de Santa Jadwiga de Trzebnica.

Estando allí, cobró vida el relato familiar: se cuenta que en el año 1229, Santa Jadwiga hizo una peregrinación desde Trzebnica hasta Cracovia para rezar por la liberación de su marido, Enrique El Barbudo, encarcelado por el príncipe Conrado de Mazovia. Durante su caminata, la princesa se detenía a menudo a rezar y descansar, pero en esos parajes no encontraba agua. De pronto, un milagroso manantial de agua pura brotó de la tierra para calmar su sed. Al apoyar su pie sobre una pequeña piedra cercana, esta creció mágicamente, conservando una huella que permanece inalterable hasta el día de hoy.

Mirar ese rincón venerado junto a mi padre, fue comprender el origen de su fe. Nos contó que el agua de ese manantial posee poderes curativos, especialmente para las enfermedades de los ojos; se dice que, hace muchos años, un soldado ciego que regresaba de la guerra se detuvo allí, bebió, se lavó la cara con el agua y recuperó la claridad en la vista. Pensé entonces en la propia mirada de mi padre, en sus ojos de fotógrafo que tanto habían visto. Hasta el día de hoy, la gente sigue acudiendo a la ermita atraída por ese milagro. Cada 15 de octubre, en su día festivo, los habitantes de las parroquias vecinas de Rychtal y Krzyżowniki peregrinan hasta allí para rezar el rosario, entonar las letanías a Santa Jadwiga y unir sus voces en cantos tradicionales. Experimentar esa atmósfera mística en primera persona nos devolvió un pedazo de la infancia de mi padre.

Aquel viaje fue el cierre de un círculo: aquel hombre que se había nacionalizado argentino en profunda gratitud a la tierra que lo cobijó, pudo mostrarle a su descendencia el suelo donde todo había comenzado.

Francisco falleció en Bragado en 1998. Ya no está su local fotográfico de la calle céntrica, pero en miles de hogares de Bragado y otras ciudades hay un portarretratos con su firma. Su vida fue eso: el arte de unir dos mundos a través de la luz, demostrándonos que una patria no reemplaza a la otra, sino que se abrazan para siempre en el cuarto oscuro y luminoso de la memoria.

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